El papel de las piedras preciosas y sus artesanos en el México antiguo

El oficio artesanal que los nahuas aplicaron a rocas y minerales para crear objetos de prestigio y poder, así como las cualidades y el papel que tuvieron los lapidarios entre las culturas mesoamericanas, es abordado por la exposición temporal “Tlateccáyotl: los artistas de las piedras preciosas” que a partir del miércoles exhibe el Museo del Templo Mayor.

La exposición toca temas como las técnicas y conocimientos que eran revelados por “posesión divina” a los maestros e incluye un recorrido que va desde las ofrendas extraídas del recinto sagrado mexica a los laboratorios especializados donde han sido sometidas a exhaustivos análisis, por lo que da a conocer los estudios más recientes sobre la lapidaria del Templo Mayor.
Otros aspectos tratados son los instrumentos de trabajo, los talleres y evidencias de producción, además de las distintas tradiciones y escuelas artesanales que existieron en Tenochtitlan.

A partir de información obtenida de documentos como el Códice Florentino, pero también de los objetos mismos, excavados como parte del Proyecto Templo Mayor desde hace más de cuatro décadas, la muestra incluye la exhibición de al menos 70% de piezas inéditas para el público.

Entre las novedades está el descubrimiento de la primera reliquia procedente de una región inconquistable para los mexicas: la tarasca; y de otras más provenientes de la Huasteca. Se añade la certificación de otras piezas extraídas de sitios olmecas, zapotecas, mayas y de la urbe de Teotihuacan, ocupados en los periodos Preclásico y Clásico.

Además, se exhibe el primer objeto identificado de la cultura mezcala, hecho en travertino; la figurilla de estilo xochicalca más completa hallada en Templo Mayor, un pendiente de jadeíta con un rostro maya, una pieza de azabache en forma de mano y un diminuto cincel elaborado en el llamado “jade azul olmeca”.

De acuerdo con Emiliano Melgar Tísoc, investigador del Museo del Templo Mayor y curador de la muestra, el tlateccáyotl (arte lapidario) requería diferentes grupos de especialistas como los tlatecque (cortadores de piedra), los chalchiuhtlatecque (gematistas) y los chalchiuhtlacuiloque (el que esculpe la piedra preciosa).

De la gama de materiales pétreos empleados, se consideraba particularmente el color, el cual se vinculaba con la vida ritual, la cosmovisión y su simbolismo. La dureza, el brillo, el lugar de origen, el tipo de uso y propiedades medicinales eran otras características a considerar para que pasaran por las manos de los artesanos tolteca, artífices consumados que tenían cualidades morales e intelectuales y, a través de su quehacer y sus obras, se convertían en mensajeros de los dioses.

Entre estos maestros lapidarios, los más estimados fueron los que laboraban en los talleres palaciegos, como el ubicado en el totocalli o “casa de las aves” del palacio de Moctezuma II, donde se reunían los artesanos que producían artículos de lujo, como pintores, orfebres, oficiales de pluma y lapidarios.

Melgar Tísoc señala que no cualquiera accedía al oficio: se consideraban agraciados los nacidos en fechas como 1 mono o 1 flor o bajo el signo calendárico de Xochiquétzal. Esta gracia también podía verse favorecida si los padres obsequiaban al niño las insignias que caracterizaban a las divinidades benefactoras de estas artes.

“Asimismo, nacer en un barrio lapidario era un factor importante y que los maestros observaran habilidades en sus alumnos, ya fuera en el calmécac (escuela de nobles), el telpochcalli (escuela de barrio) o el cuicacalli (casa de canto)”, señaló el investigador.

El Heraldo de México

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *